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Los pasajeros y la vida a bordo

Introducción

En estos videos resumen podrás conocer de la mano del autor los aspectos más interesantes de esta sala.

Obras de la sala

Muchas de las pasajeras de la Carrera de Indias viajaban merced al reclamo de sus esposos que ya se encontraban allí. Para ello necesitaban una carta de llamada como esta enviada por un colonizador a su esposa y presentada por ésta ante el Consejo de Indias para obtener licencia para viajar a la Nueva España. La escribe Pablo Domínguez desde México a su esposa Catalina de Estrada, vecina de Sevilla. (20 de septiembre de 1616).

Dice así:

“Mi hija y mi bien; por amor de Dios me perdones, que ya veo que sólo Dios sabe cómo por disculpa de tanta como tengo no puedo satisfacer sino con lo mucho que ha padecido mi corazón y mi alma desde el día que dejé de verte, que Dios me castigue como a malo que soy, sin haber piedad de mí, si un momento te me ha quitado de mi memoria, y yo os pongo por buen testigo las lágrimas que me has costado, que ha querido Dios castigarme con este tormento… Mis ojos, el trabajo del viaje son dos meses, y es la venida muy fácil… Mi alma, no quiero cansarte más, tuyo hasta la muerte”

Los colonizadores casados que habían dejado a sus esposas en España, solo podían permanecer en las Indias tres años como máximo. Si no regresaban o no conseguían que ellas pasasen a Indias, corrían el riesgo de ser multados o incluso sufrir pena de cárcel. Fuere por verdadero sentimiento y nostalgia o fuere por evitar las mencionadas penas, muchos de aquellos aventureros escribieron las famosas cartas de llamada, maravillosas epístolas que rezumaban amor, poesía, emoción y ardorosa añoranza.

Así, Antón de Beas, en 1517 desde México, suplicaba a su esposa Leonor que permanecía en Sanlúcar de Barrameda: «Señora y mujer, mira que en vos está mi vida y mi muerte…» o Antón Sánchez declaraba, en 1590 desde El Cuzco, a su esposa María de la Paz que reside en Sevilla: «Mujer mía de mi vida, ésta os escribo con más deseo de veros que de escribiros…«.

Las noches de buen viento y buena mar, los grumetes trepaban por las jarcias y entonaban canciones para divertimento y animación de las tediosas jornadas. No es descabellado pensar que desde un barco se contestase a otro en improvisados coros. No es descabellado soñar con que en circunstancias en que músicos pasasen a Indias con sus instrumentos, se improvisasen veladas en la propia nave, o desde varias naves que navegasen juntas, en conciertos a la luna en mitad del Atlántico.

Un caso especial entre los pasajeros de la Carrera de Indias lo constituían los virreyes. Estos “vice reyes”, atravesaban el océano para hacerse cargo del gobierno de los virreinatos. Lo hacían acompañados de espectaculares séquitos, entre los que se encontraban desde altos mandatarios civiles y religiosos y miembros de la nobleza, hasta decenas de sirvientes y esclavos. Cuando los virreyes partían a hacerse cargo de su mandato o regresaban de él cuando este había ya concluido, los galeones de escolta de las flotas de la Carrera se reforzaban fuertemente. Aunque no estaban exentas de penalidades y sufrimientos, las condiciones de vida a bordo de los virreyes y de los ilustres personajes que les acompañaban, distaban mucho de las que sufrían el común de los mortales.

En el cuadro, don Blasco Núñez de Vela. Primer Virrey del Perú. Tras 68 días de navegación desde Sanlúcar de Barrameda, llegó a Nombre de Dios el 10 de Enero de 1544. Su difícil misión, implantar en el virreinato las Nuevas Leyes de Indias, decretadas por Carlos I que protegían a los indígenas, prohibiendo que fueran esclavizados e incluso que realizasen trabajos pesados. Además ordenaban a la  mayor brevedad la eliminación de las encomiendas. Esto provocó la repulsa primero y rebelión después, de los encomenderos contra la corona y su representante en el virreinato. Don Blasco pereció en la batalla de Iñaquito defendiendo los derechos de los Indios el 18 de enero de 1546.

El cuadro original de autoría desconocida, se encuentra en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú.

Cuando ricos mercaderes, nobles y aristócratas pasaban a Indias con sus familias, lo hacían como es lógico, en condiciones muy diferentes de la gente común. Algunos mercaderes podían pasar incluso en barcos de su propiedad con camarotes que les conferían una privacidad y unas comodidades con las que el resto del pasaje no podía ni siquiera soñar. Los ilustres caballeros solían viajar en los galeones de escolta, las naves más grandes de las flotas. Aunque estaban mejor alimentados y mejor protegidos de las condiciones climatológicas, la enfermedad. Doña Beatriz de Carvallar, que viajó con su esposo e hija, escribió a su padre desde México en 1574. Tras narrarle las vicisitudes de su viaje y la grave enfermedad que padeció -“traje por la mar las más crueles enfermedades que en cuerpo de persona vieron”-le cuenta que está ya feliz y asentada con su amado esposo e hija.

Doña Isabel de Bobadilla, se negó a quedarse en Segovia con sus nueve hijos (de los que al menos 7 eran menores de 9 años) cuando a su feroz esposo, don Pedro Árias Dávila, el famoso Pedrarias, le encomendaron la conquista y colonización de la Castilla del Oro. Enfrentándose a su temperamental marido, insistió en acompañarle. Pedrarias insistió en que se debía quedar en la casa familiar y luego él cuando hubiera llegado con bien a las nuevas tierras y asentado a los colonos, reclamaría a su esposa a su lado. Pero para ser la esposa de Pedrarias había que estar a su altura y doña Inés, no dejándose amilanar ni por su esposo ni por la feroz dureza del viaje indicó: “A donde quiera que te lleve la suerte, ya entre las furiosas olas del océano, ya en los horribles peligros de la tierra, sábete que te he de acompañar yo… es preferible morir una vez y que me coman los peces o ir a la tierra de los caníbales, para que me devoren, que el no consumirme en luto y perpetua tristeza esperando, no ya al marido, sino a sus cartas… escoge una de las dos cosas: o me cortas el cuello o consientes en lo que te pido.

La corona promovió el paso y asentamiento de familias de campesinos, ofreciéndoles todo tipo de ventajas: solares y tierras gratis, exención de impuestos pero también la prohibición de abandonarlos en 4 años. El elevado coste del pasaje, el temor a cruzar el mar y realizar la terrible singladura hizo que, pocas familias corriesen el

enorme riesgo de hacerlo.

Viajaron todos.

Este cuadro se llama La familia. Es del pintor conquense  Juan Bautista Martínez del Mazo, discípulo y yerno de Velázquez. Es un óleo sobre lienzo de 150 x 172 cm. El original se encuentra en el Kunsthistorisches Museum de Viena.

Es muy difícil ponerse en lugar de las madres que tuviesen que pasar a Indias con sus hijos, recrear lo que pensarían, lo que sentirían. En la mayor parte de las ocasiones no habían visto nunca un barco, mucho menos el mar. Los niños sentirían miedo, ellas también, pero ni debían ni podían demostrarlo. No sabían muy bien a los peligros que se enfrentaban y sin embargo lo hicieron. Muchas flotas llegaban a sus puertos de destino diezmadas por el hambre, la sed y las enfermedades como comprobó el investigador y americanista Enrique Otte en unas cartas en las que encontró datos como estos:

“No hay flota que no de pestilencia, que en la flota que nosotros venimos se diezmó tanto la gente, que no quedó la cuarta parte” (OTTE 1996: CARTA 56).

Mujeres como doña Inés Muñoz de Ribera, una campesina Sevillana que logró un emporio en Perú, hubieron de sufrir lo peor que un ser humano puede experimentar, la muerte no solo de un hijo. En el caso de doña Inés no solo uno, sino de dos. Sus amadas Ángela y Bárbola no pudieron culminar la singladura. Sería atroz para una madre el contemplar cómo sus pequeños cuerpos amortajados eran arrojados por la borda.

La foto fue realizada por Zú Sánchez de Olivares (Sevilla) este es su contacto en twitter @jesfarma

Los pasajeros tenían que procurarse su propio alimento y embarcarlo en las naves. Lo único que entraba en el precio del pasaje era el agua. El precio del paso a Indias variaba en función de la carga que el pasajero embarcase, como hoy día con el equipaje en los aviones. Si se habían calculado mal las vituallas o el viaje duraba más de lo esperado, los pasajeros tenían que comprar los alimentos en el propio barco o en otro si en el suyo escaseaban, a precios astronómicos. Estos precios se ajustaban a la ley de la oferta y la demanda, cuanto más cerca de las Indias estaban, cuantos menos alimentos iban quedando y cuanta más gente a bordo los necesitaban, más subían su precio.

En casos puntuales, como las expediciones de colonización de Ovando en 1502 o la de Pedrarias en 1514 la corona corría con todos los gastos alimenticios de los pasajeros, pues se promovía la colonización de determinados territorios.

Otras veces los pasajeros pagaban parte de su pasaje, el pasaje entero o solo los alimentos, con su trabajo a bordo. Sobre todos aquellos que tenían oficios de utilidad a bordo, carpinteros, costureras, pescadores, cocineros… Sea como fuere, el hambre y la sed, fueron siempre pasajeros indeseados en la Carrera de Indias.

Este cuadro, del pintor español Francisco Barrera, se llama El invierno. Pertenece a la serie de las cuatro estaciones y se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Los pasajeros convivían en las naves con la gente de guerra y con la gente de mar. La Carrera de Indias no era una ruta de pasajeros si no comercial y la infinita mayoría del espacio estaba ocupado por mercancías. El espacio a bordo era reducidísimo. Al contrario que ocurría con los víveres y vituallas, el espacio iba aumentando a medida que se acercaban a su destino. Esto era propiciado por el consumo de los víveres y por las inevitables muertes a bordo.

Conseguir un espacio a bordo para dormir era todo un reto, no había camarotes, ni nada que se le pareciese. Solo los que se podían costear elevadísimos pasajes, grandes nobles y ricos mercaderes, tenían poco más que una cámara improvisada con tablones en los barcos de guerra de la escolta. El resto se tenían que apañar como pudieren en los exiguos rincones que quedaren entre las mercancías y el ganado, tirados en cubierta, tan solo protegidos de las inclemencias por una toldilla cuando las condiciones meteorológicas lo permitían, enfrentándose a los terribles fríos cuando se salía en invierno, a las tormentas, la lluvia y el viento o a los tremendos calores y humedad cuando se acercaban a las Indias. Por ese motivo el espacio por persona era poco más de un metro cuadrado. Era como si en un piso de cien metros cuadrados, conviviesen unos ochenta desconocidos, durante semanas y semanas, a veces meses y meses. Con mal tiempo, pasaban días y días empapados sin poder dormir, ateridos de frío y mal alimentados. Quienes llegaron con vida fueron auténticos (aunque olvidados) gigantes de nuestra historia. Conviene pensar en las terribles tensiones que habría a bordo a media que los víveres y el agua se acabasen. Y cuando hubiera que decidir quién viviría… y quién no.

La fotografía fue tomada por Ángel Benzal Pintado en el interior de la nao Victoria. Este buque pertenece a la fundación Nao Victoria. Para saber más: https://www.fundacionnaovictoria.org/es/

 

Aunque no pagaban pasaje, en todos los barcos de todas las flotas había que sumar la inevitable presencia de ratas y ratones que no solo competían con los humanos por los alimentos, si no que con sus excrementos y orines los contaminaban, transmitiendo a su vez enfermedades. Por otro lado, la gestación de los ratones es menor de 20 días y la de las ratas es de menos de 24, por lo que a veces podían tener dos y tres camadas en un solo viaje, multiplicando su número de tal modo que los gatos de abordo no eran capaces de exterminar. La voracidad y ferocidad de las ratas era tal, que incluso hay datos documentados de ataque a las personas.

Además, piojos y chinches campaban a sus anchas picando y molestando en todo momento, además de que transmitían el tifus exantemático o “tabardillo” que diezmaban las naves.

Puede pensar en todo esto quien tenga miedo o repugnancia por los ratones, ratas piojos o chinches ¿se puede imaginar sentirles por su cuerpo mientras intenta dormir? Y eso durante días y días y semanas…

La suma de consumir alimentos contaminados o estropeados, las picaduras de los insectos, beber agua en mal estado, con el hacinamiento y la falta de higiene constituían un excelente caldo de cultivo, nunca mejor dicho, para todo tipo de enfermedades. Especialmente las intoxicaciones y los males gastrointestinales. En las cartas encontradas por el investigador e hispanista Enrique Otte se encontraron datos como los que siguen

“No hay flota que no de pestilencia, que en la flota que nosotros venimos se diezmó tanto la gente, que no quedó la cuarta parte” (OTTE 1996: CARTA 56).

“[…] que en la flota en que venimos murió las dos partes de la genÔte que vino” (OTTE 1996: 57).

Solo Dios sabe la cantidad de gente que enfermas y mermadas de fuerzas morirían en soledad en las cubiertas de los barcos.

Cuando llegaban a Sevilla, los pasajeros compraban todo lo que se podían permitir. En primer lugar alimentos y víveres para el viaje y si les sobraba dinero, todo lo que pudiesen comprar para comerciar con ello en las Indias. Cualquier objeto que se consiguiese, por pequeño que fuese, incluso anzuelos o agujas, podía ser vendido en las nuevas tierras a precios muchísimo mayores de los que valían en Castilla.

Los marineros, además de tener un oficio mal visto por el resto de la sociedad, tenían uno de los peores pagados. Más o menos como cualquiera de los campesinos que se embarcaría hacia las Indias. Para hacernos una idea de “cómo estaba el mercado” y de los precios en Sevilla a principios del siglo XVI podemos cotejar los sueldos de un marinero con el nivel de vida en la Sevilla en aquellos momentos gracias a esta tabla extraída del libro Sevilla y las flotas de Indias Ma Carmen Mena García.

Además, piojos y chinches campaban a sus anchas picando y molestando en todo momento, además de que transmitían el tifus exantemático o “tabardillo” que diezmaban las naves.

Puede pensar en todo esto quien tenga miedo o repugnancia por los ratones, ratas piojos o chinches ¿se puede imaginar sentirles por su cuerpo mientras intenta dormir? Y eso durante días y días y semanas…

La suma de consumir alimentos contaminados o estropeados, las picaduras de los insectos, beber agua en mal estado, con el hacinamiento y la falta de higiene constituían un excelente caldo de cultivo, nunca mejor dicho, para todo tipo de enfermedades. Especialmente las intoxicaciones y los males gastrointestinales. En las cartas encontradas por el investigador e hispanista Enrique Otte se encontraron datos como los que siguen

“No hay flota que no de pestilencia, que en la flota que nosotros venimos se diezmó tanto la gente, que no quedó la cuarta parte” (OTTE 1996: CARTA 56).

“[…] que en la flota en que venimos murió las dos partes de la gente que vino” (OTTE 1996: 57).

Solo Dios sabe la cantidad de gente que enfermas y mermadas de fuerzas morirían en soledad en las cubiertas de los barcos.

 

Este cuadro anónimo, refleja la tragedia de la gran peste de 1649. El original se encuentra en el coqueto Hospital del Pozo Santo de Sevilla.

Para embarcar en una de las naves que partían de Sevilla a las Indias, antes había que llegar a Sevilla y hacerlo por los difíciles y peligrosos caminos del siglo XVI. Había que proveerse de lo necesario no solo para la singladura, sino para llegar a Sevilla con los gastos de alimentación, hospedaje e imprevistos. Eso no estaba al alcance todo el mundo y a menudo los pasajeros empeñaban o vendían todo lo que tenían para ello. Quienes conseguían llegar a Sevilla, luego tenían que sobrevivir allí. Durante días y días en espera de conseguir los permisos de embarque y la salida de las flotas, que nunca salían con fecha fija. Dependía de los caprichos meteorológicos y de las estratégicas decisiones de los mercaderes de la Casa de la Contratación. A medida que los rumores decían que la fecha de salida se iba acercando los precios iban subiendo, los víveres y vituallas disminuyendo y la posibilidad de encontrar alojamiento disminuía y la que había era a precios desorbitados. Además la ciudad de mercaderes y pasajeros la ciudad se llenaba de oportunistas, pícaros, ladrones, timadores y todo tipo de gente que había hecho de la necesidad de otros su profesión y que buscaba hacer su agosto con las inexpertas gentes que deseaban pasar a Indias. Serían miles y miles los desdichados que arruinados, cuando no heridos, volverían sin nada a sus hogares. Muchos miles más el único pasaje que consiguieron fue hacia el otro mundo, encontrando la muerte en las atestadas calles hispalenses. En años como el de 1649 se produjo una terrible epidemia de peste bubónica que se llevó casi a la mitad de la población, incluidos a quienes esperaban para embarcarse. La economía de la ciudad y la propia Carrera de Indias se resintió de esta tragedia durante décadas.

Cruzar el mar tenebroso era algo que daba verdadero pánico. La gente seguía pensado que estaba poblado por monstruos y seres aterradores como las sirenas, que con su canto atraían a los marinos causando la desgracia a todos los que viajaban el en navío. Este cuadro es obra del artista español Jerry Zamora. Es una ilustración sobre cartón de 150 x 75 cm. Esto dice su creador sobre él: 

“Allí, dicen que está el paraíso. Un lugar mítico en donde todo es posible… Tal vez, montañas de oro y abundante maná. Perlas preciosas mujeres hermosas… Pero, es solo una música celestial, un canto de sirenas que embauca navíos que, jamás regresarán.

Créeme amigo aventurero, yo que tú y aunque oigas esa música, no me dejaría arrastrar… Pues quien mucho te ofrece de oídas, y de nada de lo narrado te da muestras, es seguro que busca de ti por interés, pues tú, tu navío arriesgas, y él ni barca mueve”

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Introducción

En estos videos resumen podrás conocer de la mano del autor los aspectos más interesantes de esta sala.

Obras de la sala

Muchas de las pasajeras de la Carrera de Indias viajaban merced al reclamo de sus esposos que ya se encontraban allí. Para ello necesitaban una carta de llamada como esta enviada por un colonizador a su esposa y presentada por ésta ante el Consejo de Indias para obtener licencia para viajar a la Nueva España. La escribe Pablo Domínguez desde México a su esposa Catalina de Estrada, vecina de Sevilla. (20 de septiembre de 1616).

Dice así:

“Mi hija y mi bien; por amor de Dios me perdones, que ya veo que sólo Dios sabe cómo por disculpa de tanta como tengo no puedo satisfacer sino con lo mucho que ha padecido mi corazón y mi alma desde el día que dejé de verte, que Dios me castigue como a malo que soy, sin haber piedad de mí, si un momento te me ha quitado de mi memoria, y yo os pongo por buen testigo las lágrimas que me has costado, que ha querido Dios castigarme con este tormento… Mis ojos, el trabajo del viaje son dos meses, y es la venida muy fácil… Mi alma, no quiero cansarte más, tuyo hasta la muerte”

Los colonizadores casados que habían dejado a sus esposas en España, solo podían permanecer en las Indias tres años como máximo. Si no regresaban o no conseguían que ellas pasasen a Indias, corrían el riesgo de ser multados o incluso sufrir pena de cárcel. Fuere por verdadero sentimiento y nostalgia o fuere por evitar las mencionadas penas, muchos de aquellos aventureros escribieron las famosas cartas de llamada, maravillosas epístolas que rezumaban amor, poesía, emoción y ardorosa añoranza.

Así, Antón de Beas, en 1517 desde México, suplicaba a su esposa Leonor que permanecía en Sanlúcar de Barrameda: «Señora y mujer, mira que en vos está mi vida y mi muerte…» o Antón Sánchez declaraba, en 1590 desde El Cuzco, a su esposa María de la Paz que reside en Sevilla: «Mujer mía de mi vida, ésta os escribo con más deseo de veros que de escribiros…«.

Las noches de buen viento y buena mar, los grumetes trepaban por las jarcias y entonaban canciones para divertimento y animación de las tediosas jornadas. No es descabellado pensar que desde un barco se contestase a otro en improvisados coros. No es descabellado soñar con que en circunstancias en que músicos pasasen a Indias con sus instrumentos, se improvisasen veladas en la propia nave, o desde varias naves que navegasen juntas, en conciertos a la luna en mitad del Atlántico.

Un caso especial entre los pasajeros de la Carrera de Indias lo constituían los virreyes. Estos “vice reyes”, atravesaban el océano para hacerse cargo del gobierno de los virreinatos. Lo hacían acompañados de espectaculares séquitos, entre los que se encontraban desde altos mandatarios civiles y religiosos y miembros de la nobleza, hasta decenas de sirvientes y esclavos. Cuando los virreyes partían a hacerse cargo de su mandato o regresaban de él cuando este había ya concluido, los galeones de escolta de las flotas de la Carrera se reforzaban fuertemente. Aunque no estaban exentas de penalidades y sufrimientos, las condiciones de vida a bordo de los virreyes y de los ilustres personajes que les acompañaban, distaban mucho de las que sufrían el común de los mortales.

En el cuadro, don Blasco Núñez de Vela. Primer Virrey del Perú. Tras 68 días de navegación desde Sanlúcar de Barrameda, llegó a Nombre de Dios el 10 de Enero de 1544. Su difícil misión, implantar en el virreinato las Nuevas Leyes de Indias, decretadas por Carlos I que protegían a los indígenas, prohibiendo que fueran esclavizados e incluso que realizasen trabajos pesados. Además ordenaban a la  mayor brevedad la eliminación de las encomiendas. Esto provocó la repulsa primero y rebelión después, de los encomenderos contra la corona y su representante en el virreinato. Don Blasco pereció en la batalla de Iñaquito defendiendo los derechos de los Indios el 18 de enero de 1546.

El cuadro original de autoría desconocida, se encuentra en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú.

Cuando ricos mercaderes, nobles y aristócratas pasaban a Indias con sus familias, lo hacían como es lógico, en condiciones muy diferentes de la gente común. Algunos mercaderes podían pasar incluso en barcos de su propiedad con camarotes que les conferían una privacidad y unas comodidades con las que el resto del pasaje no podía ni siquiera soñar. Los ilustres caballeros solían viajar en los galeones de escolta, las naves más grandes de las flotas. Aunque estaban mejor alimentados y mejor protegidos de las condiciones climatológicas, la enfermedad. Doña Beatriz de Carvallar, que viajó con su esposo e hija, escribió a su padre desde México en 1574. Tras narrarle las vicisitudes de su viaje y la grave enfermedad que padeció -“traje por la mar las más crueles enfermedades que en cuerpo de persona vieron”-le cuenta que está ya feliz y asentada con su amado esposo e hija.

Doña Isabel de Bobadilla, se negó a quedarse en Segovia con sus nueve hijos (de los que al menos 7 eran menores de 9 años) cuando a su feroz esposo, don Pedro Árias Dávila, el famoso Pedrarias, le encomendaron la conquista y colonización de la Castilla del Oro. Enfrentándose a su temperamental marido, insistió en acompañarle. Pedrarias insistió en que se debía quedar en la casa familiar y luego él cuando hubiera llegado con bien a las nuevas tierras y asentado a los colonos, reclamaría a su esposa a su lado. Pero para ser la esposa de Pedrarias había que estar a su altura y doña Inés, no dejándose amilanar ni por su esposo ni por la feroz dureza del viaje indicó: “A donde quiera que te lleve la suerte, ya entre las furiosas olas del océano, ya en los horribles peligros de la tierra, sábete que te he de acompañar yo… es preferible morir una vez y que me coman los peces o ir a la tierra de los caníbales, para que me devoren, que el no consumirme en luto y perpetua tristeza esperando, no ya al marido, sino a sus cartas… escoge una de las dos cosas: o me cortas el cuello o consientes en lo que te pido.

La corona promovió el paso y asentamiento de familias de campesinos, ofreciéndoles todo tipo de ventajas: solares y tierras gratis, exención de impuestos pero también la prohibición de abandonarlos en 4 años. El elevado coste del pasaje, el temor a cruzar el mar y realizar la terrible singladura hizo que, pocas familias corriesen el

enorme riesgo de hacerlo.

Viajaron todos.

Este cuadro se llama La familia. Es del pintor conquense  Juan Bautista Martínez del Mazo, discípulo y yerno de Velázquez. Es un óleo sobre lienzo de 150 x 172 cm. El original se encuentra en el Kunsthistorisches Museum de Viena.

Es muy difícil ponerse en lugar de las madres que tuviesen que pasar a Indias con sus hijos, recrear lo que pensarían, lo que sentirían. En la mayor parte de las ocasiones no habían visto nunca un barco, mucho menos el mar. Los niños sentirían miedo, ellas también, pero ni debían ni podían demostrarlo. No sabían muy bien a los peligros que se enfrentaban y sin embargo lo hicieron. Muchas flotas llegaban a sus puertos de destino diezmadas por el hambre, la sed y las enfermedades como comprobó el investigador y americanista Enrique Otte en unas cartas en las que encontró datos como estos:

“No hay flota que no de pestilencia, que en la flota que nosotros venimos se diezmó tanto la gente, que no quedó la cuarta parte” (OTTE 1996: CARTA 56).

Mujeres como doña Inés Muñoz de Ribera, una campesina Sevillana que logró un emporio en Perú, hubieron de sufrir lo peor que un ser humano puede experimentar, la muerte no solo de un hijo. En el caso de doña Inés no solo uno, sino de dos. Sus amadas Ángela y Bárbola no pudieron culminar la singladura. Sería atroz para una madre el contemplar cómo sus pequeños cuerpos amortajados eran arrojados por la borda.

La foto fue realizada por Zú Sánchez de Olivares (Sevilla) este es su contacto en twitter @jesfarma

Los pasajeros tenían que procurarse su propio alimento y embarcarlo en las naves. Lo único que entraba en el precio del pasaje era el agua. El precio del paso a Indias variaba en función de la carga que el pasajero embarcase, como hoy día con el equipaje en los aviones. Si se habían calculado mal las vituallas o el viaje duraba más de lo esperado, los pasajeros tenían que comprar los alimentos en el propio barco o en otro si en el suyo escaseaban, a precios astronómicos. Estos precios se ajustaban a la ley de la oferta y la demanda, cuanto más cerca de las Indias estaban, cuantos menos alimentos iban quedando y cuanta más gente a bordo los necesitaban, más subían su precio.

En casos puntuales, como las expediciones de colonización de Ovando en 1502 o la de Pedrarias en 1514 la corona corría con todos los gastos alimenticios de los pasajeros, pues se promovía la colonización de determinados territorios.

Otras veces los pasajeros pagaban parte de su pasaje, el pasaje entero o solo los alimentos, con su trabajo a bordo. Sobre todos aquellos que tenían oficios de utilidad a bordo, carpinteros, costureras, pescadores, cocineros… Sea como fuere, el hambre y la sed, fueron siempre pasajeros indeseados en la Carrera de Indias.

Este cuadro, del pintor español Francisco Barrera, se llama El invierno. Pertenece a la serie de las cuatro estaciones y se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Los pasajeros convivían en las naves con la gente de guerra y con la gente de mar. La Carrera de Indias no era una ruta de pasajeros si no comercial y la infinita mayoría del espacio estaba ocupado por mercancías. El espacio a bordo era reducidísimo. Al contrario que ocurría con los víveres y vituallas, el espacio iba aumentando a medida que se acercaban a su destino. Esto era propiciado por el consumo de los víveres y por las inevitables muertes a bordo.

Conseguir un espacio a bordo para dormir era todo un reto, no había camarotes, ni nada que se le pareciese. Solo los que se podían costear elevadísimos pasajes, grandes nobles y ricos mercaderes, tenían poco más que una cámara improvisada con tablones en los barcos de guerra de la escolta. El resto se tenían que apañar como pudieren en los exiguos rincones que quedaren entre las mercancías y el ganado, tirados en cubierta, tan solo protegidos de las inclemencias por una toldilla cuando las condiciones meteorológicas lo permitían, enfrentándose a los terribles fríos cuando se salía en invierno, a las tormentas, la lluvia y el viento o a los tremendos calores y humedad cuando se acercaban a las Indias. Por ese motivo el espacio por persona era poco más de un metro cuadrado. Era como si en un piso de cien metros cuadrados, conviviesen unos ochenta desconocidos, durante semanas y semanas, a veces meses y meses. Con mal tiempo, pasaban días y días empapados sin poder dormir, ateridos de frío y mal alimentados. Quienes llegaron con vida fueron auténticos (aunque olvidados) gigantes de nuestra historia. Conviene pensar en las terribles tensiones que habría a bordo a media que los víveres y el agua se acabasen. Y cuando hubiera que decidir quién viviría… y quién no.

La fotografía fue tomada por Ángel Benzal Pintado en el interior de la nao Victoria. Este buque pertenece a la fundación Nao Victoria. Para saber más: https://www.fundacionnaovictoria.org/es/

 

Aunque no pagaban pasaje, en todos los barcos de todas las flotas había que sumar la inevitable presencia de ratas y ratones que no solo competían con los humanos por los alimentos, si no que con sus excrementos y orines los contaminaban, transmitiendo a su vez enfermedades. Por otro lado, la gestación de los ratones es menor de 20 días y la de las ratas es de menos de 24, por lo que a veces podían tener dos y tres camadas en un solo viaje, multiplicando su número de tal modo que los gatos de abordo no eran capaces de exterminar. La voracidad y ferocidad de las ratas era tal, que incluso hay datos documentados de ataque a las personas.

Además, piojos y chinches campaban a sus anchas picando y molestando en todo momento, además de que transmitían el tifus exantemático o “tabardillo” que diezmaban las naves.

Puede pensar en todo esto quien tenga miedo o repugnancia por los ratones, ratas piojos o chinches ¿se puede imaginar sentirles por su cuerpo mientras intenta dormir? Y eso durante días y días y semanas…

La suma de consumir alimentos contaminados o estropeados, las picaduras de los insectos, beber agua en mal estado, con el hacinamiento y la falta de higiene constituían un excelente caldo de cultivo, nunca mejor dicho, para todo tipo de enfermedades. Especialmente las intoxicaciones y los males gastrointestinales. En las cartas encontradas por el investigador e hispanista Enrique Otte se encontraron datos como los que siguen

“No hay flota que no de pestilencia, que en la flota que nosotros venimos se diezmó tanto la gente, que no quedó la cuarta parte” (OTTE 1996: CARTA 56).

“[…] que en la flota en que venimos murió las dos partes de la genÔte que vino” (OTTE 1996: 57).

Solo Dios sabe la cantidad de gente que enfermas y mermadas de fuerzas morirían en soledad en las cubiertas de los barcos.

Cuando llegaban a Sevilla, los pasajeros compraban todo lo que se podían permitir. En primer lugar alimentos y víveres para el viaje y si les sobraba dinero, todo lo que pudiesen comprar para comerciar con ello en las Indias. Cualquier objeto que se consiguiese, por pequeño que fuese, incluso anzuelos o agujas, podía ser vendido en las nuevas tierras a precios muchísimo mayores de los que valían en Castilla.

Los marineros, además de tener un oficio mal visto por el resto de la sociedad, tenían uno de los peores pagados. Más o menos como cualquiera de los campesinos que se embarcaría hacia las Indias. Para hacernos una idea de “cómo estaba el mercado” y de los precios en Sevilla a principios del siglo XVI podemos cotejar los sueldos de un marinero con el nivel de vida en la Sevilla en aquellos momentos gracias a esta tabla extraída del libro Sevilla y las flotas de Indias Ma Carmen Mena García.

Además, piojos y chinches campaban a sus anchas picando y molestando en todo momento, además de que transmitían el tifus exantemático o “tabardillo” que diezmaban las naves.

Puede pensar en todo esto quien tenga miedo o repugnancia por los ratones, ratas piojos o chinches ¿se puede imaginar sentirles por su cuerpo mientras intenta dormir? Y eso durante días y días y semanas…

La suma de consumir alimentos contaminados o estropeados, las picaduras de los insectos, beber agua en mal estado, con el hacinamiento y la falta de higiene constituían un excelente caldo de cultivo, nunca mejor dicho, para todo tipo de enfermedades. Especialmente las intoxicaciones y los males gastrointestinales. En las cartas encontradas por el investigador e hispanista Enrique Otte se encontraron datos como los que siguen

“No hay flota que no de pestilencia, que en la flota que nosotros venimos se diezmó tanto la gente, que no quedó la cuarta parte” (OTTE 1996: CARTA 56).

“[…] que en la flota en que venimos murió las dos partes de la gente que vino” (OTTE 1996: 57).

Solo Dios sabe la cantidad de gente que enfermas y mermadas de fuerzas morirían en soledad en las cubiertas de los barcos.

 

Este cuadro anónimo, refleja la tragedia de la gran peste de 1649. El original se encuentra en el coqueto Hospital del Pozo Santo de Sevilla.

Para embarcar en una de las naves que partían de Sevilla a las Indias, antes había que llegar a Sevilla y hacerlo por los difíciles y peligrosos caminos del siglo XVI. Había que proveerse de lo necesario no solo para la singladura, sino para llegar a Sevilla con los gastos de alimentación, hospedaje e imprevistos. Eso no estaba al alcance todo el mundo y a menudo los pasajeros empeñaban o vendían todo lo que tenían para ello. Quienes conseguían llegar a Sevilla, luego tenían que sobrevivir allí. Durante días y días en espera de conseguir los permisos de embarque y la salida de las flotas, que nunca salían con fecha fija. Dependía de los caprichos meteorológicos y de las estratégicas decisiones de los mercaderes de la Casa de la Contratación. A medida que los rumores decían que la fecha de salida se iba acercando los precios iban subiendo, los víveres y vituallas disminuyendo y la posibilidad de encontrar alojamiento disminuía y la que había era a precios desorbitados. Además la ciudad de mercaderes y pasajeros la ciudad se llenaba de oportunistas, pícaros, ladrones, timadores y todo tipo de gente que había hecho de la necesidad de otros su profesión y que buscaba hacer su agosto con las inexpertas gentes que deseaban pasar a Indias. Serían miles y miles los desdichados que arruinados, cuando no heridos, volverían sin nada a sus hogares. Muchos miles más el único pasaje que consiguieron fue hacia el otro mundo, encontrando la muerte en las atestadas calles hispalenses. En años como el de 1649 se produjo una terrible epidemia de peste bubónica que se llevó casi a la mitad de la población, incluidos a quienes esperaban para embarcarse. La economía de la ciudad y la propia Carrera de Indias se resintió de esta tragedia durante décadas.

Cruzar el mar tenebroso era algo que daba verdadero pánico. La gente seguía pensado que estaba poblado por monstruos y seres aterradores como las sirenas, que con su canto atraían a los marinos causando la desgracia a todos los que viajaban el en navío. Este cuadro es obra del artista español Jerry Zamora. Es una ilustración sobre cartón de 150 x 75 cm. Esto dice su creador sobre él: 

“Allí, dicen que está el paraíso. Un lugar mítico en donde todo es posible… Tal vez, montañas de oro y abundante maná. Perlas preciosas mujeres hermosas… Pero, es solo una música celestial, un canto de sirenas que embauca navíos que, jamás regresarán.

Créeme amigo aventurero, yo que tú y aunque oigas esa música, no me dejaría arrastrar… Pues quien mucho te ofrece de oídas, y de nada de lo narrado te da muestras, es seguro que busca de ti por interés, pues tú, tu navío arriesgas, y él ni barca mueve”